miércoles, 29 de junio de 2016

Viernes 24 de junio: La persistente búsqueda de justicia

  • por Erika Leiva y Jorgelina Cayo para el Diario del Juicio

Durante la mañana del jueves 24 se llevó a cabo una nueva audiencia por la Megacausa Operativo Independencia en el Tribunal Oral Federal. La primera testigo en declarar fue Natalia Ariñez. La histórica militante de H.I.J.O.S comenzó narrándole al tribunal cómo fue reconstruyendo de a poco lo sucedido con su padre, Jorge de la Cruz Agüero.

Su padre es secuestrado la madrugada del 13 de enero de 1976, en la casa que compartía junto con sus padres y hermanos. Tenía solo 17 años y estaba estudiando en el Instituto Técnico. “Esa noche”, describió Natalia, “entraron personas que se identificaron como policías”. Supo por el relato de su abuela que lo sacaron cubierto con las sábanas de la cama en que dormía.
La misma noche del secuestro de Jorge se realizó un operativo intentando detener a su compañero, Rafael Coria. “Golpearon fuertemente a su padre que se interpuso entre los secuestradores y él” exclamo Natalia, pero “Rafael pudo escaparse por los fondos de su casa”. Ya en aquel momento los estudiantes que tenían alguna militancia sabían lo que ocurría. Conocían de los secuestros, de las torturas, de los centros clandestinos de detención. Es por eso que Coria trató de alertar a la compañera de Agüero, a la mujer que seis meses después diera a luz a Natalia pidiéndole que lo busque al "negro" y se vayan. Cuando Silvia (la mamá de Natalia) llegó a la casa donde vivía Jorge se dío con la situación de que los secuestradores ya habían pasado por ahí. Un compañero y la familia le piden que se vaya porque podían volver y era muy peligroso para ella. “En ese momento mi abuela entra a la casa y vuelve con unos papeles, rescatando las poesías de mi papa y se las entrego en sobre de papel madera a mi mamá”, contó Natalia y agregó: “Sin saber estaba recuperando lo único que quedó, al menos para mí, de sus palabras, de sus cartitas de amor y de su regocijo y de la felicidad de mi llegada”.

Esa misma madrugada y tal como había salido de su casa, y con el sobrecito como único equipaje, la madre de Natalia viajó  a Córdoba ayudada por un compañero que también se encuentra desaparecido. Allí fue recibida por compañeros de militancia, “varios de esos compañeros que la alojan también están desaparecidos” agregó Natalia. “A pesar del miedo y el espanto, la solidaridad existía entre muchas personas”, dijo al describir cómo sobrevivió la madre sin su familia y con un embarazo en curso. Luego de unos meses y ante el riesgo de perder el embarazo por cuestiones de salud, su madre vuelve a Tucumán. Natalia nace el 13 de julio de 1976. “Yo nazco exactamente seis meses después del secuestro de mi papá”, había dicho antes.

 

Jorge de la Cruz Agüero fue visto en el Centro Clandestino de Detención que funcionara en la ex Jefatura de Policía. En ese lugar fue visto por José Rendace quien fuera compañero de su padre. Con José, Natalia tuvo varios encuentros y a partir de sus recuerdos pudo reconstruir lo que ocurrió con su padre. “Fue duramente golpeado, torturado. Le preguntaban por personas que conocían, por personas que no conocían. Le preguntaron por los libros que leía y él mencionaba todos los libros que se le venían a la cabeza y aun así era salvajemente torturado”, fue el relato de José que Natalia trajo a la sala de audiencias. Rendace le dijo que, en un momento de desesperación, y claramente muy torturado Agüero comenzó a gritar “¡Negra, Negra no te voy a traicionar!”. José sabía que quien estaba a su lado era su amigo, su compañero, con el que habían compartido horas de clases, charlas, y partidos de rugby. Quizás por eso cuando sintió que a Jorge lo levantaban atinó a mirar por debajo de las vendas. “Vio que en ese lugar había quedado un gran charco de sangre”, dijo Natalia ante una sala de audiencias que la escuchaba en silencio.

Ariñez describió a su padre como un hombre buen mozo, alto, que a pesar de estar cerca de recibirse de Técnico Constructor, sentía una gran pasión por la poesía. Natalia le contó al Tribunal que su padre pertenecía al Centro de Estudiantes. “Tenían un periódico mural”, contó Natalia rescatando una de las producciones de esa agrupación estudiantil. “Allí publicaba sus poemas”, agregó con una sonrisa orgullosa. “Desde los 14 o 15 años militaba”, dijo  y describió los espacios de militancia de aquel chico que quería estudiar letras, filosofía o historia. También se encontraba en la Organización Comunista Poder Obrero (OCPO), en donde conoció a la madre de Natalia.

La militancia atravesó la vida de los padres de Natalia. Atravesó su vida también y hoy muestra orgullosa su convicción en la construcción colectiva. “Tengo más tiempo de militancia que lo que tuvo mi papá de vida”, dijo y esas palabras quedaron resonando con la contundencia de una verdad dolorosa.

Ariñez se retiró de la sala rodeada de aplausos, de cariño y de abrazos.

DERECHOS HUMANOS - LA GACETA

“Sostener la foto de mi papá es tenerlo de nuevo conmigo”

El megajuicio por el Operativo Independencia continuará la semana que viene. Sábado 07 de Mayo 2016

Natalia Aríñez esperaba al lado de las vallas dispuestas alrededor de los ingresos de Tribunal Oral en lo Criminal Federal (TOF), en Chacabuco y Crisóstomo, donde ayer se desarrolló la segunda audiencia del megajuicio Operativo Independencia. Su rostro se estremeció súbitamente. “Esta vez es distinto: ahora sostengo la foto de mi papá”, admitió mientras soltaba unas lágrimas. Hace 40 años, a siete cuadras de allí, un grupo de policías secuestró aJorge de la Cruz Agüero, de 17 años, mientras dormía la madrugada del 13 de enero de 1976. Agüero estudiaba en el Instituto Técnico de la UNT y tenía una novia que estaba embarazada de una niña. Fue trasladado luego a Jefatura de Policía. Se encuentra desaparecido desde entonces. Él es el papá de Aríñez.

Los fiscales Pablo Camuña y Agustín Chit terminaron de leer ayer las causas de las 270 víctimas del proceso (en la primera audiencia se abarcaron 124 casos). El proceso juzga a 19 acusados en el juicio de lesa humanidad más grande de Tucumán. El caso de Agüero es el número 223. “Participé en los anteriores 11 juicios. En el primero nos quedamos de pie sosteniendo las imágenes de nuestros padres sobre nuestros rostros. Este juicio es traerlo de vuelta a mi papá conmigo”, contó la militante de la agrupación Hijos.

La audiencia comenzó pasadas las 9. A diferencia de la jornada inaugural, el público se redujo considerablemente tanto de las organizaciones de Derechos Humanos como de los familiares de los imputados. Todos los asientos vacíos de los familiares de víctimas fueron ocupados con carteles de desaparecidos: los rostros de las historias. Los parientes de los acusados llevaron banderas argentinas y remeras con la leyenda “presos políticos”, como identifican a los ex miembros de fuerzas de seguridad encarcelados. 

Los imputados presentes en la sala son el represor multicondenado Roberto “El Tuerto”Albornoz, Miguel Ángel Moreno, Ramón César Jodar, Ricardo Oscar Sánchez, José Luis Figueroa, Alberto Svendsen, Luis Armando De Cándido, José Ernesto Cuestas,Francisco Orce, Julio César Meroi y Manuel Vila. El resto de los imputados, participa mediante el sistema de teleconferencia: Jorge Capitán, José Del Pino, Néstor Castelli,Pedro Adolfo López, Hugo Omar Lazarte, José Roberto Abba y Omar Parada (desde Buenos Aires) y Casiano Pedro Burtnik (desde Misiones). Por un informe médico, el Tribunal, conformado por Gabriel Casas, Carlos Jiménez Montilla, Juan Carlos Reynaga y Hugo Cataldi, definió apartar al imputado Enrique Bonifacino. 

El Operativo Independencia fue el nombre que recibió la incursión militar ordenada por decreto presidencial de Estela Martínez de Perón en 1975, que encargó primero al militarAdel Vilas “acabar con la subversión” en la provincia. “El Operativo Independencia fue la primera intervención masiva de las Fuerzas Armadas en la provincia para la implementación de un plan sistemático de exterminio de opositores políticos”, sostuvieron desde la fiscalía. Los fiscales y las defensas reclamaron que Martínez de Perón no formara parte del proceso.

PÚBLICO. Francisco Díaz, de 92 años, sigue la audiencia con parsimonia. la gaceta / foto de jorge olmos sgrosso

Jorge de la Cruz Agüero nació el 3 de mayo de 1958 en San Miguel de Tucumán. Era estudiante secundario del Instituto Técnico de la Universidad Nacional de Tucumán y militaba en la Organización Comunista Poder Obrero (OCPO) junto a su compañera Silvia Sandoval, que estaba embarazada de tres meses al momento de su secuestro.

Jorge fue secuestrado en la madrugada del 13 de enero de 1976. Hombres fuertemente armados y vestidos de uniforme irrumpieron en su humilde casa, mientras él, sus padres y sus hermanos dormían. Tenía 17 años. Fue visto en la Jefatura de Policía de Tucumán, tristemente célebre por ser, junto a la “Escuelita de Famaillá”, los primeros centros clandestinos de detención del país.

Fue secuestrado dos meses antes del golpe de Estado, en el marco del Operativo Independencia, que en ese entonces era comandado por el genocida Antonio D. Bussi.

 

Ganó un concurso literario organizado por la UNT en 1975, con una poesía denominada “Garras” que lamentablemente está extraviada. Algunos de sus poemas (inéditos) fueron conservados por su compañera durante muchísimos años. Una parte de sus escritos lamentablemente está, también, desaparecida.

Mam_í_y_pap_í,_cumple_t_¡a_Norma_recorte_Diciembre_1975
Pap í pelando ca ¦a_15 a ¦os_Septiembre 1973
abrazo
Taga y Pichìn
postal_Jorge_a
Nati con foto

Alguien entre las paredes

 

          Jorge de la Cruz no está hoy, como nosotros, festejando sus 25 años de egresado. Sucede que él nunca egresó. Imprevisible como era, parece que un buen día su proverbial inclinación por los amores perpetuos pudo más que la cordura y decidió quedarse para siempre en el Colegio.

 

          Cuando a finales del 75 todos nos fuimos de vacaciones, él cerró cuidadosamente las puertas de hierro forjado y se entregó de lleno a la utopía que, de sus profusas vocaciones era, sin duda, la más urgente. Como un duende laborioso, noche y día recorrió las aulas y los patios, los talleres y las galerías, cada pequeño lugar, todo. Es decir, casi todo, porque cuando desembocó en el despacho que flanquea el hall de acceso por el levante, presintió que éste no merecía siquiera un instante de su presencia; supo, por algún motivo que no pudo explicarse, que debía evitarlo. Y así lo hizo.

 

          Ahí descubrió que, desde el vientre hasta la boca, un tropel de palabras galopaba la esbeltez de su torso; sólo tenía que entreabrir un poco los labios para que ellas saltaran a borbotones y, natural, espontáneamente se alinearan en forma de versos asombrosos, de diáfanas estrofas, de poemas múltiples y coloridos. Embelesado con la sencillez y la exactitud de su ventriloquia, resolvió evitar a toda costa la rima y la metáfora. Así, como quien despliega las alas y se abandona a los designios de un viento misterioso, consagró su cuerpo a la magia de ese juego de decires, impregnando cada rincón del edificio con la gravedad de una poesía aguda y entrañable, maravillosa y sutil, pero absolutamente despojada, como la sinceridad, de cualquier afectación ornamental.

 

          Los sustantivos más carnales, los que nombran a las cosas por su nombre, reverberaban como fogonazos en el encalado de los muros; los verbos temerarios, aquellos que describen las acciones más humanas, salpicaban los pisos con la savia roja de un pecho abierto y palpitante; por su lado los adjetivos, azotes de la barbarie, tronaban como la voz de un ángel justiciero en el fragor de los infiernos.

 

          Entre ráfaga y ráfaga de tanto arte a quemarropa, los materiales de la antigua construcción absorbían, desesperadamente, cada frase, cada letra, como si de las últimas gotas de un elixir vital se tratara. Las grietas del revoque se esforzaban por capturar el esplendor de toda esa belleza, para conducirla con febril avidez entre los poros del ladrillo hasta las piedras finales del cimiento, donde la cultura acaricia el útero fecundo de la tierra. Algunas ventanas resistieron con coraje, hasta que sus vidrios estallaron en millones de refulgentes hologramas libertarios. Los dinteles empezaban a alabearse, las columnas zigzagueaban y el edificio entero se estremeció en un éxtasis apasionado. (Cuentan que los vecinos registraron el suceso con el pánico que siempre provoca el estruendo telúrico de los sismos).

 

          Dada la clandestinidad de mi quimera, será mejor atemperar la violencia de los adverbios ¾pensó Jorge¾ y a partir de ese momento un diluvio de aguamiel se desató desde las cargadas nubes que solían condensar sus ojos negros. Sin embargo, tampoco la humedad de semejante dulzura resultaría fácil de aprehender: las puertas, enajenadas, evocaban el inmemorial abrazo de sus marcos; las astillas de los pupitres rechinaban como dientes enamorados; las viejas mesas de dibujo, ya reblandecidas por los años, se retorcían en un largo gemido de nostalgia; los escrupulosos pizarrones, acostumbrados ellos al mensaje inequívoco de las razones, flotaban a la deriva, como botellas vacías arrojadas a un mar de arrobo y desvarío. Todo parecía sumirse en el dualismo de un amor tan puro y límpido como salvaje y angustioso. Pero era de prever: bien se sabe que las verdaderas pasiones, las más sublimes y profanas, las más viscerales y desenfrenadas, aquellas que confieren un mínimo sentido a la existencia, se resuelven siempre en una fatal tragedia. La zozobra y el dolor son el signo del compromiso con la vida; la felicidad no es otra cosa que la indigencia del espíritu, esa paz complaciente y pusilánime de los cementerios.

 

          Pasaron semanas, incluso meses, hasta que el Colegio pudo reponerse un poco de esa inflamada y recóndita embriaguez del corazón. Pero, pese a la inmutabilidad de las apariencias, éste ya nunca volvería a ser el mismo. Ahora la poesía, el arma más tierna y militante de todo aquel fervor utópico, habitaría para siempre entre la secreta complicidad de sus paredes.

 

          Desde entonces, y aunque en los festejos de septiembre nadie lo confiese, todos buscamos un instante de soledad para afinar el oído con el alma y perdernos en el eco de aquellos mismos versos y despejar la frente y levantar vuelo y revolotear como pájaros de fuego en un cielo vigente de verdades.

 

A la memoria de Jorge de la Cruz Agüero

De: Giannino Ramazzotti